14.000 brazos para la nueva vendimia

Un trabajador, en plena vendimia en una imagen de archivo. / JUAN MARÍN
Un trabajador, en plena vendimia en una imagen de archivo. / JUAN MARÍN

Rioja ultima los preparativos para la campaña de recogida de uva que dará los primeros pasos a finales de mes y movilizará a más de 7.000 trabajadores por toda la DOC

La Rioja está a punto de mutar su paisaje humano. En poco más de una semana, las primeras viñas que siguen pendientes del astro para fijar el punto exacto de maduración se poblarán de tijeras, corquetes y cunachos. Los remolques recorrerán los caminos desde cada finca hasta las bodegas, las plazas de tantos pueblos se llenarán de temporeros al final de cada jornada y la Denominación entera se movilizará en una estampa que, no por acostumbrada, deja de visualizar el músculo económico y laboral, pero también emocional, que asocia a La Rioja con las aproximadamente 64.500 hectáreas productivas (5.700 de uva blanca y 58.000 de tinta) que aguardan en el campo.

No es fácil concretar el número de trabajadores que aglutinará la campaña que arrancará entre el 28 y el 30 de agosto en Rioja Baja con la recolección de las primeras uvas blancas. A falta de cifras exactas, una estimación estadística en función de las altas en el régimen agrario la seguridad social de septiembre del año pasado (5.859, de las que el grueso remiten a labores propias de vendimia) más la parte del régimen general correspondiente a empresas de servicios agrícolas que trabajan en estas fechas para las diferentes bodegas, arroja que no menos de 7.000 personas se volcarán en la vendimia. La campaña viene marcada por un retraso de unas tres semanas respecto al año pasado, sometida como siempre a los caprichos de la meteorología y también a los efectos de la mecanización, que ha variado en parte los modos más tradicionales.

Una treintena de personas de esa mano de obra que requerirá la vendimia en Rioja es con la que contará Bodegas Finca La Emperatriz para la recolección en las 120 hectáreas de que dispone: el grueso de ellas, hasta 90, entre Castañares de Rioja y Santo Domingo de la Calzada, y el resto distribuidas entre Cenicero, Navarrete, Fuenmayor y Hornos de Moncalvillo. Un personal en su mayoría de najerino, logroñés y calceatense que acostumbra a repetir cada temporada y que se suma a los siete fijos que trabajan en el campo a lo largo del año en las diferentes tareas. Como explica su propietario, Eduardo Hernáiz, la dispersión de los terrenos y las exigencias de las diferentes variedades que acogen obligan a una estricta operativa en función de la altitud y el momento preciso de vendimia, que en su caso arrancará con la viura en torno al 25 y el 30 de septiembre para pasar al tempranillo y 'subir' luego hasta los terrenos de la Emperatriz para acometer sobre el 4 de octubre con vides en vaso de hasta 60 años.

A diferencia de otras bodegas donde se impone el cultivo en espaldera, La Emperatriz ha realizado el camino inverso de la mecanización hacia una recogida primordialmente manual a excepción de en torno a un 15% de viñedos jóvenes que aún no entran en la producción de alta gama en que la firma está especializada. «Hemos vuelto a los orígenes», resume Hernáiz. «En vez de echar la uva en cestos directamente a remolques, ahora empleamos cajas de 200 kilos para evitar que el grano se rompa y pasamos desde hace tres años toda la uva recogida a mano a mesa de selección en vez de a la tolva, como sucedía antes», agrega.

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Un procedimiento minucioso que requiere durante cada jornada de recepción no menos de cinco trabajadores extra que La Emperatriz recluta en este caso de su entorno más próximo. «El proceso nos cuesta muchas más horas que hace diez años, pero el empeño redunda en el resultado final», reflexiona para añadir cómo esa apuesta por las esencias lleva también a mimar otras labores como la vendimia en verde en la que su personal se afana estos días para eliminar la uva sobrante y afinar la calidad de las aproximadamente 350.000 botellas en que se traducirá la cosecha. Con ese decalaje en función de las variedades, la autorregulación de la planta o las condiciones del cielo -«en octubre no es raro que ya caiga algo de agua, con lo que es probable que haya que parar dos o tres días para que la planta se seque y el grano pierda agua»- será en torno al 2 de noviembre cuando La Emperatriz estima concluir la vendimia con la recogida de las últimas garnachas y gracianos.

Como toda la vida

En Bodegas Bohedal la escala de la vendimia prevista es bien distinta, pero su espíritu desde Cuzcurrita muy similar. Ejemplo de una empresa familiar donde estas fechas movilizan a una a todos sus miembros como es tradicional generación tras generación, Leire Tejada remarca cómo en su caso esta época no sólo se encara desde el ángulo puramente económico, sino también con un sentimiento festivo. «Seguimos viviendo la vendimia como toda la vida porque es el momento clave del esfuerzo que se desarrolla todo el año», reconoce desde una bodega que cuenta con 22 hectáreas repartidas en los términos Briñas, Labastida y Ábalos y para cuya recolección cuentan con la colaboración de diez temporeros, la mayoría de origen extranjero. «Es una cuadrilla que repite todos los años», explica. «Por un lado, porque ya están 'profesionalizados' y, como tantos otros, van cumpliendo una ruta que les lleva por toda España en función de la cosecha de cada fruto y, por otro, porque al conocernos resulta más ágil ajustar las tareas a los momentos requeridos».

Y es que, como afirma Tejada, en cuestiones de vendimia «se sabe cuándo se empieza pero no cuándo acaba». La verbalización de ese punto azaroso que siempre cierne sobre el campo y que en el caso de la uva remite a una maduración heterogénea en función de variedades, altitud y la meteorología de los días previos a iniciar la recogida que en Bohedal sigue siendo de corte manual. «Ahora mismo algunas viñas están enveradas y en otras la evolución está resultando más tardía», confirma a pie del terreno con la previsión de iniciar el proceso en torno al 20 de septiembre con las primeras uvas blancas que destinarán a su Bohedal fermentado en barrica para continuar las semanas siguientes con el tempranillo, las garnachas y el graciano de zonas más elevadas.

La ayuda de los temporeros se compagina con la faena del conjunto de la familia que incluye a los tres hermanos, el marido de Leire, la madre y el padre, que ejerce de enólogo y que comanda tanto la dirección como la gestión del campo. «Durante el año cada uno mantenemos nuestra parcela de trabajo, pero en vendimia todos nos volcamos porque todas las manos son pocas». Incluso los abuelos, que estos días también asoman por la bodega para comprobar que la historia se cumple, que la viña ha dado correctamente sus frutos y que la fiesta del vino vuelve a repetirse.

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