Una Babel de vendimiadores en La Rioja Alta

Una Babel de vendimiadores en La Rioja Alta

Las cuadrillas de temporeros, sean marroquíes, portugueses o españoles, conviven con compañerismo y respeto mientras se entregan a un trabajo duro

Diego Marín A.
DIEGO MARÍN A.Logroño

Sobre el curso del río Ebro una boina de niebla le da un aire fantástico al paisaje. Bajo los Riscos de Bilibio, unos metros más allá de donde se celebra la Batalla del Vino, se libra otra guerra diaria en septiembre, la vendimia. Son las 8 de la mañana y arranca la jornada laboral de los temporeros. Un grupo de una cuarentena de personas formada por cuadrillas de portugueses, marroquíes, españoles y un colombiano se distribuyen por los renques de la finca La Fuente del paraje El Bosque y comienzan a emplear sus tijeras y corquetes cortando la uva tempranillo. Aún hace frío (7ºC), aunque esa sensación se disipará pronto con el trabajo físico.

La jornada transcurrirá ágil pero con cierta calma, como una canción de medio tiempo, sin urgencias pero sin detenerse. La helada de abril y la sequía han provocado que el viñedo, este año, tenga poca producción. En las cepas conviven los racimos maduros con las racimas y granos huérfanos, quemados por el hielo o pasificados. En comparación con el excedente del 2016, este año puede que se vendimie sólo un 30%. Por eso los temporeros trabajan esta vez, en lugar de a destajo (por kilos recogidos individualmente o por grupos, como siempre hacen los portugueses) a jornal (por horas).

Apenas ha comenzado la labor y un vendimiador se acerca a Julio César, director gerente y encargado de campo de Bodegas López de Heredia, y le solicita un adelanto de 200 euros para el fin de semana. Es miércoles. Julio César lo aprueba y el hombre se marcha agradecido a trabajar. La jornada arranca en silencio, al igual que ha comenzado el día, sólo cantan los pájaros y rugen los motores de los todoterrenos, y sin incidentes más allá de haber ayudado a un urbanita a sacar su coche de una zanja, problema resuelto por los hombres del campo en segundos, como mandar imprimir un documento en la oficina.

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En Rodezno, antes de las siete de la mañana, se levantaban José Montero, Francisco Montero, José García y Adolfo Regal, una cuadrilla de cordobeses que cumple anualmente dos etapas trabajando para López de Heredia, ya que, además de la vendimia, en primavera acuden a desnietar y espergurar, una labor que se alarga más, hasta casi los tres meses. Llevan 25 años trabajando como temporeros en Haro y residen juntos en la casa que la bodega alquila para ellos en la plaza de Santo Tomás. El resto del año trabajan en la aceituna y la naranja. «La naranja de Valencia es de Córdoba», bromean escondiendo, quizá, una verdad incómoda.

Los cordobeses tienes rostros de ser gente honrada y honesta, que gana el pan con el sudor de su frente, sin picardía, personas de tez morena por el sol que soportan a la intemperie. Son hermanos y primos. Normalmente les acompaña un quinto familiar que por motivos de salud no ha podido estar con ellos esta vez. José Montero cuenta en su diminuta habitación, situada en el ático de la casa, con una panificadora doméstica con la que se entretiene cocinando, una de sus aficiones. En los habitáculos de los demás apenas destacan los ordenadores portátiles, parecen las habituaciones de unos universitarios.

Los cuatro andaluces montan juntos en un viejo Daewoo y se ponen en marcha antes de que amanezca, parando en Haro para comprar dos 'baguettes' recién hechas para el almuerzo y la comida. Francisco almorzará apenas unas tortas de arroz y una manzana, Adolfo comerá chorizo y salchichón fresco, además de un plátano, lo mismo que José García; y José Montero ingerirá entera una lata de caballa en aceite, aunque también le gusta comer unas pocas uvas antes y un plátano después, ya que tiene que vigilar su alto colesterol. No son gente habladora pero sí afables y educados.

En la viña se encuentran, entre otros compañeros, a Juanjo García, que a sus 47 años viene solo desde Galicia pero habla de todo con todos, incluso parece hacerlo solo. Y eso no le impide trabajar, al contrario, puede que le espolee. Julio César López de Heredia afirma que él sólo ha llegado a vendimiar 3.000 kilos en una jornada a destajo, cuando la bodega habitúa a meter unos 32.000 kilos diarios de uva (y este año, que «hay tan poca uva que con un cesto haces treinta cepas», no más de 23.000). Y no duda en ayudar a un compañero cuando él termina. Llegó a Haro, recuerda el propio Juanjo, «de rebote», porque iba a ir a Italia para la temporada de la manzana y una granizada le dejó en casa. Había vendimiado un año en La Mancha «pero me gusta más La Rioja, desde el 2000 vengo siempre». Lo mismo ensalza «lo guapos que son los olivos centenarios» que le recomienda el libro 'Las voces del desierto' a Hernán Manzano, el robusto colombiano de 26 años que, a su vez, le recomienda a Juanjo 'El libro perdido de Enki'. «Hablamos de política, de Cataluña, de chicas: de nuestras novias y de otras famosas. Y de vez en cuando también hacemos unas risas, que no viene mal, hay buen rollo», explica Hernán. Él escucha música rap, salsa y 'reggaetón' con un solo auricular, «para poder charlar con los colegas».

También con auriculares trabaja Rosa Gabarri, gitana de 41 años, una de las cuatro mujeres que están vendimiando hoy (las otras tres son portuguesas). Rosa escucha alabanzas evangelistas porque así «voy más rápida, me dan fuerzas». Recuerda que su abuelo Sebastián ya vendimió para López de Heredia y ella lo hace junto a su familia. De hecho, en el renque de al lado está su marido, Jesús Gabarri, jarrero de 39 años. «Este trabajo es duro para la mujer por el peso, pero lo más duro es que haya agua porque te cala y trabajas mojado», advierte Rosa. Por eso algunos vendimiadores utilizan guantes de fregar, para protegerse del rocío. Y otros tantos, a pesar del calor, mantendrán la manga larga de sus camisas para protegerse de los arañazos.

Akira Gabarri, con 19 años, es el más joven de la cuadrilla, otro gitano con cara de niño, pero fuerte y moreno. Él, que se llama así por la afición de su hermano mayor al manga de Katsuhiro Otomo, asegura: «Me gustaría seguir trabajando todo lo que pueda». Una de las razones es que sueña con comprarse un coche, un Seat Córdoba, por ejemplo.

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A las 10.30 horas alguien grita: «¡Almuerzo!»; y otro pregunta: «¿Ya es la hora?». El tiempo, al principio, pasa rápido. Después, conforme el sol caliente, la labor se endurecerá, las horas pasarán más despacio y el cansancio hará mella. «La fiesta de la vendimia era antes, cuando una familia que tenía hectárea y media de viñedo se juntaba un sábado, vendimiaba y almorzaba asando unas chuletas, pero ahora eso, con las inspecciones, ni siquiera se puede hacer ya. Y menos nosotros, que tenemos 150 hectáreas de viñedo. Este es un trabajo muy duro del que se termina muy cansado», asegura Julio César López de Heredia. Después de La Fuente, la vendimia se trasladará a Los Pinos, la otra finca de El Bosque, con cuyas uvas López de Heredia elabora el vino Viña Bosconia; y Cubillas, ya cerca de Villalba, con cepas de tempranillo entre las que se ha entreverado alguna de viura. Cuando acabe la jornada apenas quedará tiempo y ganas para «duchita, cervecita y cena», advierte José García, ilusionado con sólo pensarlo.

Leandro Arce, que ha sido encargado de campo de la bodega durante 42 años y que, tras su jubilación activa, comparte responsabilidad con Ramón Sáez, aparece rodeado de un séquito de cuatro chuchos (Katty, Brenda, Rosita y Lola) que buscarán la sombra con la misma avidez que la uva fresca y dulce. Los racimos, llenando las comportas y bañados por el rocío, a la luz del sol, se convierten en relucientes collares de perlas, el tesoro de un pirata.

«¡Qué bocaos le das a la viura, eh, ni que fuera la novia!», le espeta Leandro a Hernán cuando ve al joven saciar su sed comiendo unas uvas. Sin darle más importancia, ayuda al vendimiador a llenar su cesta y le anima cuando la alza al hombro: «¡Arrea, Carolina, que se quema la alubia!». Así todo el día, ida y vuelta, abajo y arriba, como Sísifo.

Los portugueses son los más reservados. Aunque sí hablan entre ellos, apenas se relacionan con los demás. Luis Antonio Borge, de 50 años, es uno de los ocho portugueses, todos procedentes de la zona de Bragança y que llevan trabajando desde el 10 de septiembre. «Es un poco duro, pero hay que llevarlo bien, aunque aún no he cobrado...», apunta Borge. Después, todos juntos comerán una apetitosa ensalada de tomate y cebolla y filetes empanados, conocidos gastronómicamente en Portugal como «chicha».

El que sí se relaciona con todos es Juan Ángel Ruiz Sánchez Fores, quien recita su nombre completo como la legendaria alineación de un equipo de fútbol. Después de ejercer como camarero del Café Suizo durante 32 años, a sus 54 se quedó en paro en febrero por el cierre del negocio junto a otros siete compañeros. Uno de ellos, Jaime Flores, trabaja en la vendimia con él. Juan Ángel, más conocido como Fores, de vez en cuando canturrea y a veces cuenta su vida de soltero e infatigable trabajador: «Yo tengo callo, he saltado montañas». Cierto es que ha trabajado en Bodegas Franco Españolas, en el Echaurren «y, últimamente, en lo que sale por la zona, pero hay mucha tropa metida ya, muchos jóvenes también que salen de la escuela de la hostelería».

Hacía catorce años que Fores no vendimiaba y ya suma veintiún días de regreso. Recuerda que «antes esto era distinto, había menos maquinaria... eran tiempos de gloria, tato». Llama así, «tato», a cualquiera que sea su interlocutor, ofreciendo cercanía. Confiesa estar «agradecido» a López de Heredia por la oportunidad de trabajar y, de pronto, salta a hablar con los marroquíes, que le disparan frases en francés y él responde: «'Merci beaucoup, monsieur, mon amour', je je», como si les entendiera, con la gracia de un 'salao' gaditano, pero afirma ser «nativo de Haro».

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