BIEN POR TRUMP

ALBERTO GIL PERIODISTA

Vaya por delante que quien escribe cada vez reniega más de las nuevas tecnologías y de las redes sociales (cosas de la edad supongo). Vaya por delante también que el único tuit más o menos coherente que he leído del presidente de EEUU, Donald Trump, es el reciente en el que arremete contra Amazon por utilizar el servicio postal norteamericano como 'chico de los recados'; y vaya por delante también que no me dedico al comercio de vino y que, por tanto, veo los toros desde la cómoda barrera. En este sentido, tengo claro que, hoy en día, si pretendes vender algo, vino o cualquier cosa, sin tener presencia online es cómo si no existieras y que por lo tanto, si es usted bodeguero, le convendría darse una vuelta por este Imaginext para ver qué es lo que está pasando con esto del comercio electrónico.

De momento, leo en Internet que el e-comerce se dispara en España en los últimos años, que somos el cuarto país en facturación y que en el 2016 se alcanzaron ya prácticamente los 25.000 millones. Ahora bien, si se atiende a los sectores con mayor porcentaje de negocio, veo que son agencias y operadores turísticos, transporte aéreo, textil, espectáculos, electrodomésticos, imagen y sonido, transporte terrestre... Así que hoy por hoy no aparece el vino en las listas. De hecho, luego leo que, aunque creciendo a doble dígito, apenas el 1% del comercio de vino en España se hace por Internet.

Y suspiro... porque resulta que Amazon vende un vino que se llama Señorío de Melvin, una botella que, con vidrio y corcho incluido, cuesta 0,86 euros con IVA. Es decir, que no me queda otra que aplaudir a Trump porque el día que nuestros viticultores dejen de elaborar vinos -y a esos precios es imposible- esta región se irá al carajo. También sé que viejos y nuevos clubes y portales de vinos están tratando de reorganizar sus estructuras de telemarketing telefónico a las digitales y de que hay interesantes ofertas de vinos que te llegan a casa. Aunque también es cierto que ni tenemos la tradición cultural ni histórica que tienen los franceses, no sólo los negociants, sino los consumidores que valoran, además del precio, el esfuerzo y el cariño que se pone a esta maravilloso producto.

El vino no es fácil para Internet: las botellas son frágiles y pesadas y, además, existe una cultura de distribución física (forjada a suela de zapato por el entrañable vendedor de la maleta) que se defiende con uñas y dientes y advierte a aquellas bodegas que tienen la tentación de ofertar grandes rebajas en la Red. Llámenme romántico, pero a mí me gusta ver al pequeño distribuidor pateando los bares con la carretilla, bajar a la vinoteca a preguntar por si tiene alguna cosilla nueva o ir a comprar a la bodega... Crecí visitando calados en los que metías el vaso de Duralex en un vieja cuba y sacabas un clarete o un tintillo ligero de color pero de los que te pimplabas el contenido entero sin despeinarte. Eso ya lo hecho de menos y no me gustaría echar de menos también el resto... Internet sí, pero que haya sitio para todos.

 

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