«Todo esto es duro, pero hay que aguantarlo», asume Abdellah

D. M. A. HARO.

Uno de los marroquíes que se dirigen a Fores es Abdellah Noukhale, que con su bigote, su cigarrillo Marlboro y su aire reflexivo se asemeja a Lee van Cleef. Es alto y desgarbado, tiene 47 años y regenta un negocio de compraventa de caracoles en Huesca, donde reside. «Todo esto es duro, pero hay que aguantarlo», asume. Después acudirá a la campaña de la oliva en Lérida.

Otro moro es Lahcen Abdelkadeir, que estuvo trabajando antes en la vendimia de Fuenmayor y Cenicero, y en la recolección de fruta (nectarina, pera, melocotón y paraguayo) en Cataluña, a donde irá cuando acabe aquí para trabajar en la poda. «Lo más duro es el dolor de espalda, porque trabajas agachado, pero estamos acostumbrados», confiesa. Los marroquíes se dividen entre ellos entre bereberes y árabes, por eso no pernoctan juntos sino cada uno en casas de compatriotas en Haro, a cambio de lo cual la bodega les compensa con una dieta.

A la hora de la comida sí se junta Lahcen con Ahmid Idtalb y Maziane Bounja, el más veterano a sus 66 años y con veintidós vendimias a sus espaldas. Sus compañeros alaban su fuerza y experiencia. «Le pones un joven de 18 años al lado y lo tumba», afirma Ahmid. Maziane tiene cuatro hijos y ocho nietos, come una especie de mortadela y pan, bebe un refresco de cola y fuma Winston porque, se justifica, sus callosas manos le impiden liar cigarrillos, como Ahmid. Vendimian pero no beben vino (su religión se lo impide), excepto Ahmid, desengañado y hablador que se declara «musulmán no practicante» y asegura haber trabajado en minas de carbón en Francia.

Ahmid no sabe cómo se llama la alcaldesa de Haro ni el presidente del Gobierno de La Rioja, con dificultad enumera tres bodegas más: «Muga, CVNE, Bilbaínas...»; cree que «Logroño es muy limpio», que «los vinos de aquí son mejor que los Burdeos, pero los de allí tienen más publicidad» y, curiosamente, pregunta por Rato: «¿Está en la cárcel?»; y hasta opina del conflicto catalán: «¡Eso es una tontería!». «Esta vida es una mierda», dice abruptamente, y añade: «Trabajamos quince días y luego... ¿qué? Tendrías que ver los albergues donde hemos dormido». En las otras cuadrillas se oyen carcajadas, Jesús Gabarri afila su corquete con una lima y los trabajadores de la bodega calientan sus tarteras en una hoguera que han encendido. Maziane es más sereno, apenas habla castellano y no contradice a su compañero. Confiado o resignado piensa que la suerte cambiará «si no en esta vida, en la otra».

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