La muerte más hermosa

Tras la vendimia, las cepas, exhaustas, dejan de respirar y arden en colores

Briones se recorta en el horizonte, acostada sobre un mar colorista de viñedos./Justo Rodriguez
Briones se recorta en el horizonte, acostada sobre un mar colorista de viñedos. / Justo Rodriguez
PÍO GARCÍALogroño

Otoño es una estación de agonía: llegan los primeros fríos, el sol ya no alimenta, caen borrascas impetuosas y los viñedos, exhaustos tras la vendimia, mueren. Pero es la de las cepas una muerte provisional y efectista, una muerte como de mentiras, carnavalesca y alegre: antes de quedarse desnudas, se incendian en una confusión de colores que convierten el industrioso paisaje riojano en un cuadro fauvista.

Las hojas pierden la clorofila y mudan de color, del verde al ocre, al naranja, al amarillo; pero no lo hacen al mismo tiempo ni con idénticos matices, como si en lugar de cumplir un inexorable imperativo biológico se dejasen llevar por un demiurgo caprichoso y juguetón.

Las cepas con el castillo sonserrano al fondo. / Justo Rodriguez

El fogonazo dura pocos días, apenas un suspiro. Así que, antes de que las cepas se conviertan en esqueletos leñosos azotados por el viento, sigan el consejo de Benedetti: «Aprovechemos el otoño/ antes de que el futuro se congele/ y no haya sitio para la belleza».

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