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El vino y el calentamiento global

El vino y el calentamiento global
/ Antonio Díaz Uriel
  • La 'huella de carbono', aún hoy en fase inicial, acabará imponiendo restricciones

  • La 'huella hídrica' aparecerá también en los próximos años y, como dato significativo, producir una botella precisa de 660 a 720 litros de agua

Un nuevo concepto de la ecología empieza a calar en las conciencia de los consumidores que viven en los países más adelantados del planeta. Ya no se trata solamente de consumir productos fabricados o elaborados con materias primas o procedimientos respetuosos con el medio ambiente, sino que además se comienzan a medir los niveles de sustancias contaminantes que se generan en los diferentes procedimientos de fabricación, incluso también de los recursos naturales que son consumidos en estos procesos. Todo esto deberá estar expresamente señalado en los etiquetados de los productos comerciales, para que los consumidores, con un mayor criterio de sensibilidad ecológica, tengan la opción de elegir uno u otro producto o incluso para que las administraciones públicas puedan llegar a sancionarlos o prohibirlos en caso de alcanzar un nivel superior a lo admisible.

Nos estamos refiriendo a la denominada 'huella de carbono', como traducción literal del término anglosajón 'carbon footprint', que puede ser definida como la totalidad de gases de efecto invernadero emitidos por efecto directo o indirecto de un individuo, organización, evento o producto medida en gramos o kilogramos de dióxido de carbono por unidad, peso o volumen de producto.

El dióxido de carbono el principal gas responsable del llamado efecto invernadero, cuyas emisiones están provocando el progresivo calentamiento del planeta y, en consecuencia también. responsable del cambio climático. Pero también existen otros gases procedentes de la actividad humana que del mismo modo provocan este serio problema, algunos de ellos más activos que el mismo dióxido de carbono, pero por fortuna con emisiones más limitadas.

Un buen ejemplo de lo anteriormente expuesto sobre la actividad industrial en las emisiones de gas carbónico, está en los 50 kg de dióxido de carbono que un habitante de Mali genera durante un año, frente a una media de 12.000 kg al año de dióxido de carbono que produce un habitante de un país industrializado, como puede ser España, o llegando al extremo de 21.000 kg por habitante y año de los Estados Unidos como el país que genera mayores emisiones de este gas.

En estos momentos, la situación legal sobre la huella de carbono en los bienes o productos de consumo se encuentra en una fase inicial, pero, con toda seguridad, en los próximos años será de obligado cumplimiento en la mayor parte de los países más industrializados, como en los pertenecientes a la Unión Europea, entre los que se encuentra nuestro país, y donde el vino será sin duda uno de los productos objeto de control.

La 'huella de carbono' para el vino embotellado no resulta especialmente elevada en comparación con otros productos alimentarios, pudiendo cuantificarse en valores comprendidos entre 1,3 a 1,5 kg de CO2 por botella de 0,75 litros. Prácticamente, la mitad se esta cifra procede del envase de vidrio, que sumado a otros elementos del envasado se eleva hasta un 57%, seguidos por los insumos de naturaleza vitícola y enológica en un 16%, y después por el transporte comercial del vino embotellado, estimado en otro 12%.

Para intentar reducir el impacto medioambiental de los envases en los productos comercializados, desde hace años resulta de obligado cumplimiento gestionar la reutilización o el reciclado de estos materiales, especialmente el vidrio, cuya fabricación conlleva la utilización de una importante cantidad de energía y en consecuencia de emisiones de dióxido de carbono hacia la atmósfera.

Como antes hemos comentado, otro importante apartado es el transporte del vino desde el lugar de producción hasta los diferentes puntos de venta y consumo ('food miles'), lo que supone entre 0,10 y 0,20 kilogramos de CO2 por botella. Aunque en muchas otras situaciones, este montante puede ser muy superior, llegando a duplicar e incluso triplicar el valor medio de la huella de carbono para los vinos comercializados.

Huella hídrica

El transporte es otra de las razones por las que la demanda en los países consumidores sobre el transporte del vino a granel y su embotellado en destino está cada día tomando un mayor protagonismo. De la misma forma, en determinados países productores con pequeña vocación exportadora, se solicita a sus consumidores que lo más sostenible es consumir vino local ('kilómetro cero') pues de este modo se minimiza el impacto del transporte en su huella de carbono.

Para terminar, una nueva demanda de carácter sostenible aparecerá en los próximos años: la huella hídrica ('water footprint') o consumo de agua dulce utilizada para la producción de bienes y servicios, expresado en m3 o litros de agua por litro, kilogramo o unidad de producto. Un reciente estudio realizado en este sentido, nos muestra un dato escalofriante, pues para producir una botella de vino se necesitan unos 660 a 720 litros de agua. Lógicamente no solo se refiere al agua empleada en la elaboración y embotellado del vino, sino también la utilizada en el cultivo del viñedo. El mayor consumo procede del agua de lluvia o del riego.