Cuando el vino aspira a ser vino
04/07/2009
Ana Barrón durante el transcurso de la cata / J.M.
Ana Barrón muestra la integración de los vinos de Remelluri en el paisaje de Toloño y el carácter de una de las fincas más singulares y bonitas de Rioja en la cata para los aficionados de lomejordelvinoderioja.
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TEXTO: A.GIL
Sin alardes y sin artificios, Ana Barrón, enóloga de la Granja de Nuestra Señora de Remelluri (Labastida), demostró el martes por la noche que también hay verdad en el mundo del vino y que palabras como ‘terroir’, finca o tipicidad cobran sentido cuando la aspiración de una bodega es básicamente reflejar el paisaje y hacer los mejores vinos posibles con un objetivo claro: el disfrute.
Remelluri, a cuyo frente sigue el empresario guipuzcoano Jaime Rodríguez, pasó de la vanguardia de Rioja a casi el ‘olvido’ de la crítica especializada, cuando el concepto de bodega sigue siendo el mismo, entonces y ahora: “Nos catalogan como clásicos, creo que no con las mejores intenciones –explica Ana Barrón, enóloga de la bodega-, pero para nosotros es un honor porque no hay nada más clásico que intentar reflejar la tipicidad de la zona y de las variedades en unos vinos que necesitan tiempo, aunque la corriente actual sea el consumo rápido”.
La enóloga recordó que fue el escritor Manuel Llano Gorostiza el primero que acuñó el concepto de finca en España, una idea sobre la que gira toda la filosofía de Remelluri. Es, junto con Contino, la primera bodega de Rioja que aplica en todas consecuencias el concepto de propiedad, de chateau, hasta el punto de que sus producciones y sus vinos varían considerablemente en función de la añada, aunque con una tipicidad, especialmente por la mineralidad y terrosidad característica de la finca, presente en todos sus vinos.
La cata
Barrón comenzó con la máquina que mueve la bodega. El Remelluri Reserva, en dos añadas excelentes, 2005 y la 2001. El más reciente aún no ha salido al mercado y la enóloga lo presenta como “muy joven todavía”. “Dicen de nuestros vinos que cuando mejor están es cuando se acaba la añada y eso es porque apostamos por las crianzas en madera, pero también en botella, para conseguir una finura y una elegancia, que creemos que es el gran potencia del tempranillo”. La comparativa de ambas añadas demuestra que la línea entre el clasicismo y la vanguardia es más delgada de lo que en muchas ocasiones se pinta. Son vinos cubiertos de capa, carnosos, con estructura y sin agresividad, pero de gran elegancia, especialmente el 2001, que muestra ya esos recuerdos del buen vino de guarda con una gran potencia de fruta debajo de las notas ahumadas y especiadas de la madera.
El Remelluri Gran Reserva 1999 es una elaboración que la bodega únicamente saca en años especiales. De hecho, de dicha cosecha salta hasta el 2005. De 1999 se hicieron sólo 32.000 botellas, con un porcentaje importante de garnacha (13%). El vino es selección de algunas de las mejores uvas elaboradas y vinificadas por separado, para un ensamblaje final pensado para un vino que crecerá a lo largo del tiempo. Todo un clásico en el buen sentido, que no entra en juegos ni modas, y que, de nuevo, aspira a no ser ni mejor ni peor, sino simplemente la expresión de la finca.
El Colección Jaime Rodríguez 2004, entre 3.500 y 4.000 botellas, es una excepción en Remelluri. Es el vino más moderno, más estructurado y más madurado en la viña. Intenso en todos los aspectos de la cata, cada añada es diferente porque no proviene de unas fincas o viñas concretas (de las 105 hectáreas de viña, Barrón tiene idenficadas 200 parcelas y subparcelas diferentes). “Ninguna viña madura igual de un año a otro; lo que intentamos con este vino es reflejar lo mejor de cada cosecha en La Granja; por eso lleva el nombre del propietario”, describe Barrón. El 2004 tiene un 25% de garnacha porque la enólogo encontró el carácter que buscaba en esa variedad (por ejemplo, el 2003 es 100% tempranillo). En la cata el vino se muestra con potencia y carácter, con frutas más negras y maduradas, pero que no sacrifica un ápice de elegancia ni de la frescura que caracteriza una de las fincas con más pluviometría y altitud de Rioja.
El final de la cata es sorprendente, tal y como había anunciado la enóloga, con los Remelluri Blanco 2006 y 2007. Los vinos con ‘cócteles’ varietales con los que comenzó a experimentar la bodega en 1990. Ocho tipos de uvas vinificadas por separado, de las cepas más altas y frescas y de escasa producción: las autóctonas garnacha blanca y moscatel; las francesas más universales y otras menos conocidas originarias del Ródano. Ana Barrón entra con causa en el debate actual de la apertura varietal de Rioja: “La viura es buena, pero se pueden hacer cosas más expresivas y, a mi juicio, debería haberse abierto más la mano con otras uvas y, por supuesto, antes”.
Volviendo a los Remelluri, el 2007 acaba de salir de la barrica y necesita tiempo en botella para afinar e integrarse, mientras que el 2006 es una auténtica perfumería. Tal y como anunció la enóloga, los vinos cambian tremendamente con el paso de los minutos. “Son una experiencia con blancos de una bodega de tintos, pero tanto en unos vinos como en otros el objetivo es el mismo: adaptar las variedades al suelo que tenemos y hacer el vino posible lo mejor posible, es decir, el vino de nuestra finca y de nuestras variedades”.
Sin alardes y sin artificios, Ana Barrón, enóloga de la Granja de Nuestra Señora de Remelluri (Labastida), demostró el martes por la noche que también hay verdad en el mundo del vino y que palabras como ‘terroir’, finca o tipicidad cobran sentido cuando la aspiración de una bodega es básicamente reflejar el paisaje y hacer los mejores vinos posibles con un objetivo claro: el disfrute.
Remelluri, a cuyo frente sigue el empresario guipuzcoano Jaime Rodríguez, pasó de la vanguardia de Rioja a casi el ‘olvido’ de la crítica especializada, cuando el concepto de bodega sigue siendo el mismo, entonces y ahora: “Nos catalogan como clásicos, creo que no con las mejores intenciones –explica Ana Barrón, enóloga de la bodega-, pero para nosotros es un honor porque no hay nada más clásico que intentar reflejar la tipicidad de la zona y de las variedades en unos vinos que necesitan tiempo, aunque la corriente actual sea el consumo rápido”.
La enóloga recordó que fue el escritor Manuel Llano Gorostiza el primero que acuñó el concepto de finca en España, una idea sobre la que gira toda la filosofía de Remelluri. Es, junto con Contino, la primera bodega de Rioja que aplica en todas consecuencias el concepto de propiedad, de chateau, hasta el punto de que sus producciones y sus vinos varían considerablemente en función de la añada, aunque con una tipicidad, especialmente por la mineralidad y terrosidad característica de la finca, presente en todos sus vinos.
La cata
Barrón comenzó con la máquina que mueve la bodega. El Remelluri Reserva, en dos añadas excelentes, 2005 y la 2001. El más reciente aún no ha salido al mercado y la enóloga lo presenta como “muy joven todavía”. “Dicen de nuestros vinos que cuando mejor están es cuando se acaba la añada y eso es porque apostamos por las crianzas en madera, pero también en botella, para conseguir una finura y una elegancia, que creemos que es el gran potencia del tempranillo”. La comparativa de ambas añadas demuestra que la línea entre el clasicismo y la vanguardia es más delgada de lo que en muchas ocasiones se pinta. Son vinos cubiertos de capa, carnosos, con estructura y sin agresividad, pero de gran elegancia, especialmente el 2001, que muestra ya esos recuerdos del buen vino de guarda con una gran potencia de fruta debajo de las notas ahumadas y especiadas de la madera.
El Remelluri Gran Reserva 1999 es una elaboración que la bodega únicamente saca en años especiales. De hecho, de dicha cosecha salta hasta el 2005. De 1999 se hicieron sólo 32.000 botellas, con un porcentaje importante de garnacha (13%). El vino es selección de algunas de las mejores uvas elaboradas y vinificadas por separado, para un ensamblaje final pensado para un vino que crecerá a lo largo del tiempo. Todo un clásico en el buen sentido, que no entra en juegos ni modas, y que, de nuevo, aspira a no ser ni mejor ni peor, sino simplemente la expresión de la finca.
El Colección Jaime Rodríguez 2004, entre 3.500 y 4.000 botellas, es una excepción en Remelluri. Es el vino más moderno, más estructurado y más madurado en la viña. Intenso en todos los aspectos de la cata, cada añada es diferente porque no proviene de unas fincas o viñas concretas (de las 105 hectáreas de viña, Barrón tiene idenficadas 200 parcelas y subparcelas diferentes). “Ninguna viña madura igual de un año a otro; lo que intentamos con este vino es reflejar lo mejor de cada cosecha en La Granja; por eso lleva el nombre del propietario”, describe Barrón. El 2004 tiene un 25% de garnacha porque la enólogo encontró el carácter que buscaba en esa variedad (por ejemplo, el 2003 es 100% tempranillo). En la cata el vino se muestra con potencia y carácter, con frutas más negras y maduradas, pero que no sacrifica un ápice de elegancia ni de la frescura que caracteriza una de las fincas con más pluviometría y altitud de Rioja.
El final de la cata es sorprendente, tal y como había anunciado la enóloga, con los Remelluri Blanco 2006 y 2007. Los vinos con ‘cócteles’ varietales con los que comenzó a experimentar la bodega en 1990. Ocho tipos de uvas vinificadas por separado, de las cepas más altas y frescas y de escasa producción: las autóctonas garnacha blanca y moscatel; las francesas más universales y otras menos conocidas originarias del Ródano. Ana Barrón entra con causa en el debate actual de la apertura varietal de Rioja: “La viura es buena, pero se pueden hacer cosas más expresivas y, a mi juicio, debería haberse abierto más la mano con otras uvas y, por supuesto, antes”.
Volviendo a los Remelluri, el 2007 acaba de salir de la barrica y necesita tiempo en botella para afinar e integrarse, mientras que el 2006 es una auténtica perfumería. Tal y como anunció la enóloga, los vinos cambian tremendamente con el paso de los minutos. “Son una experiencia con blancos de una bodega de tintos, pero tanto en unos vinos como en otros el objetivo es el mismo: adaptar las variedades al suelo que tenemos y hacer el vino posible lo mejor posible, es decir, el vino de nuestra finca y de nuestras variedades”.
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