A imagen y semejanza
10/03/2011
Florentino Martínez Monje, en la cata para lomejordelvinoderioja.com
“No me complico la vida, me gustan las cosas sencillas y en la bodega hago mi vino, el que a mí me gusta”. Con esta declaración de intenciones despidió Florentino Martínez Monje (Bodegas Monje Amestoy, Elciego) la cata de la gama completa de Luberri para lomejordelvinoderioja.com el pasado miércoles por la noche. Aquí te contamos como nos fue.
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Texto: A. Gil
Había generado expectación la presencia del bodeguero y su exposición, honesta, directa y sin artificios, no defraudó a los aficionados.
Los Luberri, especialmente el maceración carbónica, están ‘colonizando’ la hostelería logroñesa con el mensaje que Florentino mamó a pie de viña de su abuelo y su padre: los vinos son para beber y, si Rioja ha destacado siempre por algo, es porque la primera acostumbra a dar paso a la segunda botella: “La gran ventaja de Rioja sobre Ribera del Duero, por ejemplo, es la finura y ahora, después de estos años extraños, la gente está volviendo a este tipo de vinos agradables y afrutados”.
La cata
Bodegas Monje Amestoy es un proyecto, iniciado por Florentino en 1991 tras su paso por Artadi, exclusivamente familiar, en el que su mujer y sus dos hijas comparten la pasión y el trabajo por el vino: “La bodega refleja nuestra personalidad y, aunque nos va bien, mientras yo esté al frente no vamos a crecer; otra cosa será lo que hagan mis hijas en el futuro”, bromea.
Luberri se ha estabilizado en el entorno de las 350.000 botellas, de las que entre 120.000 y 140.000 son del Luberri Cosecha 2010, una dignificación de la tradicional maceración carbónica, de la que el bodeguero está orgulloso: “Es la elaboración más difícil con diferencia y, si no lo haces bien, jodes el vino a la primera de cambio”.
Florentino Martínez Monje no oculta que la tecnología, el frío básicamente, ha sido el gran aliado para su Luberri Cosecha: “Las continuas duchas nos permiten bajar las temperaturas y, eso, junto con el cuidado y el trabajo, es la única clave para encontrar esa peculiar nariz en la botella que te transporta a la época de fermentación de las bodegas tradicionales de los pueblos”. El bodeguero utiliza siempre las primeras uvas de la vendimia para su maceración carbónica y ‘juega’ con su propio gusto y el de los consumidores: “El grado ideal, para mí, está entre 12,5 y, como mucho, 13,5; si la uva está ya madura para qué llegar a los 14”, explica. “Es agradable y fácil y, aunque podríamos sacarle algo más de chispa con un poquito más de aguja, el mercado no lo pide y apostamos por esa facilidad de trago”.
El vino, en la cata, es un extraordinario continente de fruta y flores, hasta el punto de que en ocasiones acusan al bodeguero de abusar de las levaduras: “Si las necesito para garantizar una fermentación tranquila, las utilizo y, si no es necesario, pues no; pero lo que sí puedo asegurar que el potencial aromático lo obtenemos de las uvas, de la tierra y del trabajo con el frío”. “Qué si son autóctonas las levaduras, pues ni siquiera lo sé; las compro al mismo proveedor que la mayoría de las bodegas”.
Sin rodeos, Florentino presenta a continuación su Seis de Luberri, un vino hecho por encargo para distribuidores catalanes, que encontró además en la demanda del cocinero José Andrés una puerta abierta directa para EEUU. “En La Rioja y el País Vasco no lo vendemos, porque la gente pasa del vino joven al crianza, pero nos han pedido este tipo de vino con una crianza corta y le sacamos algún ‘pavo’ más que al otro, así que nosotros encantados”.
Encantado está también el bodeguero con el Biga de Luberri 2008, tras agotar la añada 2007 con un gran éxito: “Nos costó encontrarnos con este vino, sobre todo, para no romper la línea que siguen todos los Luberri de fruta y frescura, pero ya lo logramos en 2007 y estamos muy contentos con la nueva añada”. El crianza, efectivamente, es marca de la casa y la madera se integra perfectamente en un vino que anima a seguir bebiendo: uva -en este caso despalillada, pero siempre entera-, tierra y escasa intervención en la bodega, salvo por el control de temperaturas, caracterizan el Biga. Es decir, la receta básica de toda la gama Luberri.
El Monje Amestoy de Luberri 2006 es un reserva en el que la fruta está muy por encima de la elaboración más clásica y tradicional: “Es vivo, más potente que el crianza y también con barrica más nueva, pero sin la más mínima nota de oxidación”, explica el bodeguero. “Queremos fruta y frescura y la madera, que la necesitamos para que el vino tenga recorrido, está, pero nunca por encima del vino”. El reserva permanece alrededor de 12 meses en barrica y luego un mínimo de 20 en botella. Es el único vino de la casa hecho con más que tempranillo, en este caso con un pequeño aporta de cabernet sauvignon de las plantaciones experimentales: “La plantamos en su momento y la usamos, pero a mí la uva que me gusta para Rioja es el tempranillo, que es la que da personalidad a nuestros vinos”.
El Cepas Viejas 2007 es un vino de dos fincas de San Vicente y Elciego, con una edad media de 75 años: “Las íbamos a arrancar para replantar, pero había demanda de estos vinos más concentrados, de los que se hacen pocos y se cobra mucho [entre 25 y 30 euros], aunque os puedo asegurar que ahora cuesta mucho venderlos. El Cepas Viejas se cría en barricas nuevas de roble francés unos 18 meses y en la cata es el vino con más estructura (consecuencia de rendimientos de 3.500 kilos por hectárea) y con más presencia, aunque en ningún caso dominante, de la madera. Sin embargo, y a contra corriente de los últimos años, Florentino no abusa de la maduración. “Prefiero 13 ó 13,5 grados como mucho que, en casos como éste por la propia concentración que te aportan las viñas viejas, no es una elevada graduación”.
Vinos para beber, para disfrutar, para hacer amigos… Así son los Luberri y así es el propio carácter de Florentino Martínez Monje, que, como demuestra su trayectoria, encarna el perfil del emprendedor viticultor riojano: “A mí me gusta acabarme la botella de vino y, aunque quizá algún médico diga lo contrario, veo caras de satisfacción entre quienes hemos hecho esto toda la vida, pero no las veo, sin embargo, entre lo que consideran el vino como una bebida alcohólica más”.
Había generado expectación la presencia del bodeguero y su exposición, honesta, directa y sin artificios, no defraudó a los aficionados.
Los Luberri, especialmente el maceración carbónica, están ‘colonizando’ la hostelería logroñesa con el mensaje que Florentino mamó a pie de viña de su abuelo y su padre: los vinos son para beber y, si Rioja ha destacado siempre por algo, es porque la primera acostumbra a dar paso a la segunda botella: “La gran ventaja de Rioja sobre Ribera del Duero, por ejemplo, es la finura y ahora, después de estos años extraños, la gente está volviendo a este tipo de vinos agradables y afrutados”.
La cata
Bodegas Monje Amestoy es un proyecto, iniciado por Florentino en 1991 tras su paso por Artadi, exclusivamente familiar, en el que su mujer y sus dos hijas comparten la pasión y el trabajo por el vino: “La bodega refleja nuestra personalidad y, aunque nos va bien, mientras yo esté al frente no vamos a crecer; otra cosa será lo que hagan mis hijas en el futuro”, bromea.
Luberri se ha estabilizado en el entorno de las 350.000 botellas, de las que entre 120.000 y 140.000 son del Luberri Cosecha 2010, una dignificación de la tradicional maceración carbónica, de la que el bodeguero está orgulloso: “Es la elaboración más difícil con diferencia y, si no lo haces bien, jodes el vino a la primera de cambio”.
Florentino Martínez Monje no oculta que la tecnología, el frío básicamente, ha sido el gran aliado para su Luberri Cosecha: “Las continuas duchas nos permiten bajar las temperaturas y, eso, junto con el cuidado y el trabajo, es la única clave para encontrar esa peculiar nariz en la botella que te transporta a la época de fermentación de las bodegas tradicionales de los pueblos”. El bodeguero utiliza siempre las primeras uvas de la vendimia para su maceración carbónica y ‘juega’ con su propio gusto y el de los consumidores: “El grado ideal, para mí, está entre 12,5 y, como mucho, 13,5; si la uva está ya madura para qué llegar a los 14”, explica. “Es agradable y fácil y, aunque podríamos sacarle algo más de chispa con un poquito más de aguja, el mercado no lo pide y apostamos por esa facilidad de trago”.
El vino, en la cata, es un extraordinario continente de fruta y flores, hasta el punto de que en ocasiones acusan al bodeguero de abusar de las levaduras: “Si las necesito para garantizar una fermentación tranquila, las utilizo y, si no es necesario, pues no; pero lo que sí puedo asegurar que el potencial aromático lo obtenemos de las uvas, de la tierra y del trabajo con el frío”. “Qué si son autóctonas las levaduras, pues ni siquiera lo sé; las compro al mismo proveedor que la mayoría de las bodegas”.
Sin rodeos, Florentino presenta a continuación su Seis de Luberri, un vino hecho por encargo para distribuidores catalanes, que encontró además en la demanda del cocinero José Andrés una puerta abierta directa para EEUU. “En La Rioja y el País Vasco no lo vendemos, porque la gente pasa del vino joven al crianza, pero nos han pedido este tipo de vino con una crianza corta y le sacamos algún ‘pavo’ más que al otro, así que nosotros encantados”.
Encantado está también el bodeguero con el Biga de Luberri 2008, tras agotar la añada 2007 con un gran éxito: “Nos costó encontrarnos con este vino, sobre todo, para no romper la línea que siguen todos los Luberri de fruta y frescura, pero ya lo logramos en 2007 y estamos muy contentos con la nueva añada”. El crianza, efectivamente, es marca de la casa y la madera se integra perfectamente en un vino que anima a seguir bebiendo: uva -en este caso despalillada, pero siempre entera-, tierra y escasa intervención en la bodega, salvo por el control de temperaturas, caracterizan el Biga. Es decir, la receta básica de toda la gama Luberri.
El Monje Amestoy de Luberri 2006 es un reserva en el que la fruta está muy por encima de la elaboración más clásica y tradicional: “Es vivo, más potente que el crianza y también con barrica más nueva, pero sin la más mínima nota de oxidación”, explica el bodeguero. “Queremos fruta y frescura y la madera, que la necesitamos para que el vino tenga recorrido, está, pero nunca por encima del vino”. El reserva permanece alrededor de 12 meses en barrica y luego un mínimo de 20 en botella. Es el único vino de la casa hecho con más que tempranillo, en este caso con un pequeño aporta de cabernet sauvignon de las plantaciones experimentales: “La plantamos en su momento y la usamos, pero a mí la uva que me gusta para Rioja es el tempranillo, que es la que da personalidad a nuestros vinos”.
El Cepas Viejas 2007 es un vino de dos fincas de San Vicente y Elciego, con una edad media de 75 años: “Las íbamos a arrancar para replantar, pero había demanda de estos vinos más concentrados, de los que se hacen pocos y se cobra mucho [entre 25 y 30 euros], aunque os puedo asegurar que ahora cuesta mucho venderlos. El Cepas Viejas se cría en barricas nuevas de roble francés unos 18 meses y en la cata es el vino con más estructura (consecuencia de rendimientos de 3.500 kilos por hectárea) y con más presencia, aunque en ningún caso dominante, de la madera. Sin embargo, y a contra corriente de los últimos años, Florentino no abusa de la maduración. “Prefiero 13 ó 13,5 grados como mucho que, en casos como éste por la propia concentración que te aportan las viñas viejas, no es una elevada graduación”.
Vinos para beber, para disfrutar, para hacer amigos… Así son los Luberri y así es el propio carácter de Florentino Martínez Monje, que, como demuestra su trayectoria, encarna el perfil del emprendedor viticultor riojano: “A mí me gusta acabarme la botella de vino y, aunque quizá algún médico diga lo contrario, veo caras de satisfacción entre quienes hemos hecho esto toda la vida, pero no las veo, sin embargo, entre lo que consideran el vino como una bebida alcohólica más”.
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| 08/02/2012: un saludo para un Cordovínacho noble, que logra elevar el buen vino a la categoria de excelente. | |
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