La parra más larga

Roberto Andrés, junto a la parra de Baños de Rioja que él y su hermano Vidal plantaron hace 28 años. / Javier Albo

Roberto Andrés y su hermano cuidan desde hace 28 años de una parra en Baños de Rioja que ronda los 40 metros de longitud

Javier Albo
JAVIER ALBOSanto Domingo

Baños de Rioja es un municipio ubicado a 10 kilómetros de Santo Domingo de la Calzada. No confundir con Baños de Río Tobía y no llamarle 'Bañitos' para distinguirle de este, porque no les gusta nada. Al otro lado del pueblo, tras dejar atrás una torre fuerte del siglo XIII que se levanta robusta sobre su coqueto casco urbano, se llega a la calle Las Cuevas, donde al visitante llama la atención una larga y bien cuidada parra que, según Roberto Andrés, que la plantó hace unos 28 años «o por ahí», junto con su hermano Vidal, debe tener unos 42 metros de largo, medidos por él mismo en más o menos calculadas zancadas, paralelas al muro sobre el que descansa.

«Un amigo de La Puebla nos dio dos ramas. Las metimos ahí, agarraron y se han puesto tremendas», cuenta. La otra parra, en dirección contraria a la más larga, circunda la casa hasta una terraza a la que debe procurar refrescante sombra en verano. Ambos hermanos les dispensan todos los cuidados precisos sin más afán que el ornamental. Sulfato y azufre contra el mildiu, podar, desnietar, los chupones... Saben de esto; la familia tuvo unos majuelos que ya quitaron, aunque quedan más en Baños de Rioja, pueblo que perteneció a la emperatriz Eugenia de Montijo, viuda de Napoleón III, de la que han tomado el nombre unas bodegas afincadas en sus pagos.

«No las tenemos para nada porque no nos gusta el moscatel, por eso no nos importa que cojan las uvas; mejor que se las coman a que se pudran, ¿no le parece?», indica Roberto, que no esconde su orgullo ante la natural creación que él y su hermano han ido esculpiendo con mimo y mucha paciencia y que allá por el Pilar, cuando el pueblo celebra sus fiestas grandes, ofrece sus mejores galas.

«A la gente que viene a visitar el pueblo les gusta mucho hacerse fotos con ellas. Hace unos años vino un hombre de Cenicero, que tiene muchas viñas, y le llamó mucho la atención lo larga que era. No había visto nunca una así», cuenta Roberto de la parra, sobre cuyo potencial añade que «podría seguir creciendo mucho más allá, pero aquí se acaba ya el muro».

A Roberto, muchos en el pueblo le llaman 'Parrita', un apodo que le puso un amigo de Santo Domingo de la Calzada hace mucho tiempo pero que nada tiene que ver con esta parra. Casualidad.

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