Justo Rodríguez

Moraza: juventud embotellada

La bodega presentó para el club de catas unos vinos personales y diferentes fruto de los nuevos aires que soplan por la Sonsierra

César Álvarez
CÉSAR ÁLVAREZ

Por el pasillo que abre el Ebro, flanqueado por la Sierra de Cantabria, sopla un viento que, además de mecer las vides y protegerlas de algunas plagas, introduce aires de renovación en los Riojas que encuentran sus raíces en la Sonsierra. Son jóvenes que lo llevan en la sangre porque sus generaciones precedentes son viticultores que acumulan un conocimiento extraordinario basado en la experiencia y que además completan ahora con formación en las aulas y en bodegas de diferentes puntos del planeta. Es es el caso de Bodegas Moraza, de San Vicente de la Sonsierra, que, de la mano de Janire Moraza, la nueva generación de la familia junto con sus primos Ismael y Mario y con su marido Patricio, presentó el jueves por la noche seis de sus vinos para el club de catas de lo mejordelvinoderioja.com.

Janire es la cabeza visible de esta bodega familiar que recibió el legado de su padre y de su tío, quienes previamente dieron el paso de viticultores de quinta generación a vinicultores y fundaron la bodega en San Vicente de la Sonsierra.

Galería. Justo Rodríguez

La viticultora explicó que Moraza dispone de 23 hectáreas de viñedo repartidas en 16 parcelas, con variedades autóctonas y muy poca plantación reciente, que se sitúan entre los 450 y los 650 metros de altitud entre el Ebro y la Sierra Cantabria. Elaboran tintos y blancos de corte atlántico y con un estilo personalísimo, basado en la pureza y con la idea de rememorar los vinos de antaño, en los que importa mucho más la frescura y el 'buen beber' que la estructura o la opulencia, como pudieron comprobar los asistentes a la cata.

Janire Moraza introdujo sus vinos recordando que la bodega trabaja desde hace muchos años la viticultura ecológica y en los últimos con la biodinámica: «El viento juega a nuestro favor porque sopla tanto en la zona que no hace falta tratar prácticamente el viñedo». «Lo que potenciamos con la biodinámica es la biodiversidad, algo que se aprecia en los suelos o en el propio paisaje», explicó.

Este concepto de mínima intervención se reproduce también la bodega. Moraza trabaja por gravedad, aprovechando la verticalidad de las instalaciones, y con mínimas adiciones de sulfuroso con la idea de elaborar vinos 'naturales', tan apreciados en países como Francia, Italia, Canadá o Centroeuropa (Moraza apenas vende en España).

La cata

A pesar de que no elaboran vinos jóvenes, ninguna de sus referencias pasa por madera, con la idea de no interferir en el carácter primario de las elaboraciones. El primero de los vinos presentados fue Moraza Las Tasugueras 2018, elaborado con tempranillo blanco recogido a 600 metros de altura y que antes de llegar a la botella paso un año y medio en un depósito de acero inoxidable -todos los blancos de la bodega envejecen en 'inox'-. El resultado, un tempranillo blanco muy floral, que sorprende por su complejidad y que, con 12,5 grados es el de mayor graduación de toda la gama blanca de la bodega.

  • Los vinos de la cata. Tres blancos: Moraza Los Terreros 2018, Moraza Las Tasugueras 2028 y Moraza Cuatro Caminos 2019, más tres tintos: Soplar 2020, Moraza Garnacha 2017 y Moraza 4 Caminos Tempranillo 2018.

  • Precios. En el entorno de los 18 y los 20 euros todos ellos.

El segundo vino fue Los Terreros 2018, elaborado fundamental a partir de viura, aunque también da entrada a otras variedades que se encuentran en los viejos viñedos: sensación de frescor con un ligero toque amargo final, pero que no le hace perder una ápice de su elegancia. El tercer vino fue Moraza 4 Caminos, el último blanco de la cata, y que se puede definir perfectamente como un 'orange wine', con la viura también como protagonista principal: en la copa se aprecia una mayor evolución de color por la oxigenación intencionada y la maceración en pieles, con una amargor final más definido, pero con una textura muy agradable.

Los tintos

Al igual que sucede con los blancos, los tintos de Moraza no pueden calificarse de convencionales. El primero de ellos fue Soplar 2020, cuyo propio nombre remarca el carácter juvenil y la vitalidad que hay detrás. Elaborado a partir de garnacha y tempranillo, vinificados primero por separado y luego conjuntados en diferentes porcentajes en función de la añada, el vino reposa durante varios meses en hormigón para su microoxigenación. Ligereza y finura en la boca y, como todos, mucha frescura.

Moraza Garnacha 2017 es un varietal de garnachas recogidas a 600 metros de altura (en la zona de Ábalos), en un año especialmente complicado como fue 2017 por las heladas. El vino tiene más estructura de lo habitual por la propia concentración de la cosecha -aunque para ser un Moraza, claro está-, con notas balsámicas tras dos años en hormigón y otro en botella.

Janire Moraza terminó la cata con el tempranillo Moraza 4 Caminos 2018, un vino del mismo lieux-dit que el tercer blanco. Ligero de color, fresco y, con la marca de la casa: vinos que intentan expresar el terruño y con una identidad de estilo o una interpretación diferente de los vinos de San Vicente, y de Rioja.