Nestares Eguizabal, en el Club de Catas

Nestares Eguizabal, en el Club de Catas

Lucía Eguizábal y Alberto Pedrajo reivindican con sus vinos la personalidad y versatilidad de los viñedos en altura del valle de Ocón

Alberto Gil
ALBERTO GIL Logroño

Si alguien sigue teniendo dudas de que el gran diamante en bruto por explotar de Rioja es la diversidad (suelos, climas, variedades y estilos), probablemente hoy no las tendría de asistir a la cata de Bodegas Nestares Eguizábal para el club de lomejordelvinoderioja.com. Lucía Eguizábal, tercera generación de la bodega, y Alberto Pedrajo, asesor enológico, presentaron dos familias de vinos, dos estilos, totalmente diferentes de un mismo terruño, el valle de Ocón, muy desconocido desde el punto de vista vitícola.

Nestares Eguizábal, a quien la tradicional subdvisión de la denominación de origen sitúa en La Rioja Baja, cultiva todos sus viñedos por encima de los 600 metros de altitud, en el entorno de Galilea y Santa Engracia de Jubera, en la puerta de entrada al Camero Viejo. La bodega elabora sus vinos parcela por parcela y es una de las pocas comerciales de una comarca en la que los suelos más fértiles aprovechan la frescura y la altitud para el cultivo de cereal de secano, mientras que los más pobres los ocupan olivares, almendros y algunas viñas. A principios de los ochenta, José Mari, viticultor de Fuenmayor y abuelo de Lucía, optó por plantar tempranillo y, con posterioridad, elaborar sus propios vinos en una bodega al considerar que las uvas que obtenía no encontraban un precio justo como abastecimiento para terceros. Ramón, padre de Lucía, ante la última apuesta de Rioja por impulsar los vinos blancos, optó hace unos años por plantar clones seleccionados de sauvignon blanc y chardonnay, a la contra de lo que recomienda la ortodoxia, pero convencido de que obtendría vinos diferentes y con la personalidad de su comarca.

Los vinos

  • Segares Crianza 2012 9,5 euros

  • A Veredas Blanco 2017 12,5 euros

  • A Veredas Rosado 2018 9,5 euros

  • Segares Reserva 2010 16,5 euros

  • Arzobispo Diego de Tejada 2007 32 euros

La cata

Lucía Eguizábal y Alberto Pedrajo planificaron una cata con sobresaltos para mostrar las enormes posibilidades que un mismo terruño ofrece. El crianza Segares 2012 fue el primero en caer en las copas, un vino vivo, con todavía recorrido por delante, fruta roja madura y notas especiadas de la madera. Un buen crianza, que acaba de salir al mercado, casi siete años después de su vendimia: «Nos costó un tiempo entender que nuestros vinos necesitaban largo reposo en botella; tenemos unos pH muy bajos, elevada acidez y hasta hace unos años, aunque ahora parece ser virtud, un hándicap porque no teníamos la rotundidad y la potencia que estuvo de moda, pero si una finura natural y una frescura que hace que nuestros vinos sean largos y agradables», explicó el enólogo.

No es habitual intercalar un blanco tras un tinto, pero A Veredas Blanco 2017 –la otra familia de vinos de la casa– es de por sí rompedor: elaborado al 50% con sauvignon blanc y otro tanto de chardonnay, muy trabajado con sus lías y una crianza en barricas de roble francés, desorientaría a cualquiera en una cata ciega de blancos locales. «Creo en el gran potencial de Rioja para los vinos blancos y, aunque estuvimos barajando hincar maturana o tempranillo blanco, Ramón optó por estas dos uvas foráneas convencido de que se adaptarían muy bien en su zona». Dicho y hecho, el vino es sorprendente al tiempo que espectacular, con grasa y consistencia en boca y con una nariz diferente que se crece con el paso de los minutos.

AVeredas Rosado 2018 es otro vino ajeno al 'manual'. Al igual que el anterior, en la bodega lo trabajan con un concepto de «mínima intervención», sin apenas sulfuroso añadido y con tempranillo 25% y chardonnay al 75%: un pelotazo de frescura y una atractiva y cambiante complejidad. «Nos vuelve un poco locos en vendimia porque el chardonnay lo recogemos la primera semana de septiembre y el tempranillo casi un mes después», aclaró Pedrajo.

Los vinos de guarda

Segares Reserva es una selección de uvas de tempranillo para un vino más rotundo, cuya añada 2010 acaba de salir al mercado, tras dos años en barrica y siete en botella: «Damos un paso más allá que con el crianza, con algo más de estructura pero tambioén con la frescura que caracterizan todos nuestros vinos», detalló Pedrajo. El conjunto integra muy bien la fruta madura –incluso con recuerdos a trufa– y la madera, que por supuesto se nota como debe ser en un reserva de Rioja.

Arzobispo Diego de Tejada es un vino de finca, La Zapatera, la primera que plantó el abuelo de Lucía en 1983: «Es un suelo muy pobre, salitroso, que hace sufrir mucho a las cepas, hasta el punto de que cada año hay varias que reponer, y que da unos rendimientos muy bajos y unas uvas que, en algunos años son gloriosas, y en otras menos, por lo que sólo lo hacemos en cosechas muy especiales», avanzó Pedrajo. En la cata se probó la añada 2007 y habrá que esperar bastante tiempo para el siguiente, ya que será con la cosecha 2017: «Tuvimos esas uvas también en el año 2008 –explicó el enólogo–, pero finalmente en bodega no salieron las cosas como esperábamos». Arzobispo se etiqueta como genérico, aunque podría ser un reserva, tras 16 meses de crianza en roble francés y varios años en botella antes de salir al mercado. Un gran clásico, largo y persistente, entero pese a sus diez años ya embotellado, con lógicas nota de evolución pero que dan una muy gustosa complejidad.

Para terminar, una invitación a conocer la región vitícola: «Galilea está en Palestina, pero también aquí, en el valle de Ocón, una zona muy desconocida donde se pueden hacer vinos distintos y con personalidad», concluyó Pedrajo.

Vídeo. Justo Rodriguez