Debaten abrir y catar la botella de vino más vieja del mundo con 1.700 años de antigüedad

El vino romano de Espira fue descubierto en el interior de la tumba de un noble sepultado en el siglo cuarto

JUAN CARLOS BARRENA

Historiadores contemporáneos y los responsables del Museo Histórico del Palatinado, de la ciudad alemana de Espira, debaten abrir para su cata la botella con vino líquido más vieja del mundo, un recipiente de cristal de unos 1.700 años de antigüedad datado a finales del imperio romano. La llamada Botella de Espira fue encontrada en 1867 en el curso de unas excavaciones arqueológicas tras el descubrimiento de la tumba de un ciudadano noble romano en la que se hallaron los sarcófagos con los restos de un hombre y su esposa. Entre las ofrendas que acompañaban a los finados se encontraban cinco botellas de vino, de las que solo una contenía líquido después de tantos siglos. La sepultura ha sido datada aproximadamente en el año 325 de nuestra era.

La botella de vino romano tiene una capacidad aproximada de 1,5 litros, el equivalente a una «magnum» actual, y cuenta con asas de cristal al comienzo de su cuello con forma de delfines. No está llena del todo. Con el paso del tiempo ha perdido algo menos de la tercera parte de su contenido y se ha formado un coágulo indefinido en su interior rodeado de líquido que recuerda a un órgano anatómico conservado en formol. Tiene, desde luego, un aspecto nada apetitoso. Tampoco tiene el tradicional tapón de corcho, pero una capa de aceite de oliva y cera sobre su superficie impide el contacto del vino con el aire y ha facilitado su conservación e impedido su evaporación a lo largo de los siglos.

Se presume que el vino fue enriquecido en su día con especias, algo habitual en la época romana, y que fue producido en la misma región del hallazgo, donde todavía hoy se cultiva, entre otras, la uva Riesling. Poco después de su hallazgo fue a parar al Museo Histórico del Palatinado de Espira, concretamente a sus salas del Museo del Vino, donde se expone al público y es guardado como si se tratara de las joyas de la corona alemana. «Solo he tenido la botella en mis manos en dos ocasiones, cuando se hicieron reformas en el edificio, y tenía francamente miedo de que sucediera una desgracia», confiesa Ludger Tekampe, director de la sección vinícola del museo.

Análisis científicos

Desde hace unos años científicos y enólogos discuten sobre su posible apertura con el fin de analizar y probar su contenido, pero hasta ahora prima la precaución. «No estamos seguros de si soportaría o no el contacto con el aire. Hay quien insiste en que debería someterse análisis científicos, pero nos puede el temor a estropear el contenido», señala Tekampe. La catedrática alemana de enología Monika Christmann considera que «no esté probablemente microbiológicamente estropeado, pero dudo mucho de que suponga una alegría para el paladar». Teóricamente el vino se conserva largo tiempo por el alcohol y el ácido que contiene. Tekampe, que lleva más de 25 años trabajando en el museo, controla la botella que se muestra en la misma habitación desde hace más de un siglo regularmente y no oculta su asombro al comentar que «su contenido se muestra sorprendentemente estable» y no ha cambiado en todo el tiempo.

A su juicio ha sobrevivido al paso de los siglos gracias a la capa superior de cera y aceite de oliva que introdujeron en la botella quienes la dejaron como ofrenda en la tumba del noble romano. Pero también el mismo recipiente de cristal ha sido determinante para su conservación. «En la época romana el vino se guardaba habitualmente en ánforas de cerámica. Aún sellado, en un recipiente así se habría evaporado por completo en no más de 30 años», explica el experto. Mientras siga cerrada, el contenido de la botella seguirá siendo un misterio. También su sabor y habría que ver quien tendría valor para catar ese vino, que, pese a la gran probabilidad de que no sea venenoso, seguramente no sea una delicia enológica.