Conversación de Raquel Pérez Cuevas y Adriana Laucirica en la Sala Negra de Logroño sobre la denominación Viñedo Singular. juan marín

Palabra de Rioja

La Rioja más singular

Y llena de matices, que la categoría de Viñedos Singulares pretende honrar dándole su justo valor. Raquel Pérez Cuevas y Adriana Laucirica conversan sobre la nueva mención

FERNANDO BÓBEDA

Dos bodegueras y una pasión: el vino. Y un mundo por explorar desde los dos extremos de La Rioja; una, Raquel, desde Quel, tierra de grandes vinos, densos y profundos; su contertulia lo hace desde plena Sonsierra, Briñas, zona de uvas chispeantes y aterciopeladas. Hoy nos visitan en 'Palabra de Rioja' Ontañón y Tobelos con un tema de lo más estimulante sobre la mesa: la nueva categoría de Viñedos Singulares.

«En Quel, desde que yo tengo recuerdos siempre me veo conviviendo con las viñas, jugando entre ellas y ayudando en los días de vendimia. Íbamos a los más pequeñitos para poder perdernos sin dar mucha guerra», comenta con una sonrisa Raquel. Adriana Laucirica también conoce de primera mano este tipo de viñedos con singularidad propia, nació en Cenicero: «La culpa la tiene mi abuelo, él era carpintero pero tenía dos viñas y mis primeros recuerdos son de la vendimia con toda la familia, era un día de fiesta».

Y son precisamente aquellos pequeños viñedos, los que plantó el abuelo en lo más perdido del monte, los protagonistas: «Mi padre llevaba años fraguando en silencio el proyecto, era darle valor a alguno de nuestros viñedos más peculiares, los que cosecha a cosecha nos aportaban una singularidad especial. No dejan de ser las uvas que hablan de nuestra historia, de Quel y de sus gentes». Pero había una viña que tenía ese toque que sólo algunas poseen, «era la viña, si tenía que ser una debía ser El Arca, que data de 1892, una pequeñita de garnacha que no llega a una hectárea».

«El cuidado y los rendimientos son tan pequeños que se puede decir que en cada botella de El Arca hay embotellada una vid»

Raquel Pérez Cuevas | Ontañón Familia

«Detrás de una etiqueta de Viñedo Singular está el trabajo y la ilusión de mucha gente, el vínculo con estos viñedos es enorme»

Adriana Laucirica | Tobelos Bodegas y Viñedos

Nos vamos a la Rioja Alta, donde la mente de Adriana trabajó rápida en cuanto escuchó la mención de Viñedo Singular. «Fue algo instintivo, en cuanto oí singularidad mi cabeza se fue hacia Los Quiñones, un viñedo que en sí mismo es un museo. Me explico, tenemos los restos de una antigua ermita del siglo XII, una necrópolis y una viña que es mi debilidad, con viuras de más de 80 años. Está en San Vicente, en pendiente, y pasear por allí viendo las viñas me tranquiliza, me reconcilia con muchas cosas. Es un lugar de paz». Y de buen vino, apunto yo interrumpiendo este momento de misticismo vitivinícola.

«Es que en este proyecto», incide Raquel, «ves que todos estamos más involucrados, dándolo todo con mucho cariño para conseguir que esa etiqueta sea algo más; una persona supo plantar ahí una viña hace tanto tiempo y todos los que han pasado trabajándola para que haya llegado hasta nosotros se merecen mucho respeto». «Es cierto», se suma Adriana, «cuando llega la viura, me paro y me centro, sé que tengo que interpretar estas uvas y dar el máximo».

Vinos de ritual, de disfrute, como la cata que evoca Adriana de su blanco singular. «Son vinos que cuando los descorchas los sientes de otra manera, llegan los aromas iniciales que me cautivan, ese primer impacto de matices florales de flor amarilla, unas notas de madera como muy lejanas que te vienen acompañadas incluso del matorral que hay junto a la ermita... Estos vinos te ofrecen muchos recuerdos cuando ves la evolución, la tranquilidad, el ritual del que antes hablábamos. Son vinos placenteros».

Comparten el acuerdo con las rigurosas medidas del Consejo Regulador, «es que el Viñedo Singular, junto a la de Municipio y Zona, suma. Los singulares abren nuevos caminos, enriquecen la Denominación», afirma convencida Raquel. «Es algo totalmente compatible, una cosa son los tiempos de crianzas que es una legado que nos viene de la tradición y otra este sello que hace mención al origen; ¿por qué tiene que estar reñido el tiempo con el origen?».

Como matiza Adriana Laucirica a modo de broche final, «cuando la gente que no te conozca abra una de estas botellas debe saber que ahí dentro reposa un vino, El Asa o Los Quiñones, que es lo mejor que sabemos hacer. Hecho con un cuidado especial y con todo el saber de nuestras bodegas. Es de tal cosecha, no busques que sea igual al año anterior, no merece la pena, es el viñedo quien hablará y nosotros intentaremos reflejarlo en la botella».

«Quizás nos habíamos acomodado un poco. Cuando sales fuera se entiende mucho mejor que les hables de una finca y que les expliques el sueño de la singularidad. El mercado lo pedía y creo que es una cierto que se haya conseguido. Ha sido una especie de escucha activa por parte del Consejo a lo que el sector demandaba. Son únicamente 180 hectáreas de las más de 65.000 que componen el conjunto de la Denominación, apenas un 0,6 por ciento. Y lo son por calidad, por antigüedad y por la gran personalidad que ofrecen», concluye Raquel.