Josep Roca lleva al Tren de la Sostenibilidad de Haro a repensar el vino

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Josep Roca lleva al Tren de la Sostenibilidad de Haro a repensar el vino

El sumiller, Maquinista del Año en la Cata de La Estación, repara la evolución del Barrio jarrero a través de vinos de hasta 80 años de diferencia en la añada apelando a una mirada ecológica, climática,tradicional y feminista

José Martínez Glera
JOSÉ MARTÍNEZ GLERA Logroño

El abrazo entre el vino y el tiempo arrancó el viernes por la tarde el Tren de la Sostenibilidad con Josep Roca como Maquinista del Año en la cata del barrio de la Estación de Haro. El sumiller catalán apostó por un ambiente de nostalgia, de duda, de adaptación al cambio climático y de reivindicación feminista para que el vino siga evolucionando en el contexto adecuado y con un relato que ofrecer, que llegó a ligar en su significado a otro concepto: camino, qué camino tomar. Y todo ello amparado en siete vinos, un mosto y una lágrima que llevó a la Marquesina de Bodegas Bilbaínas hasta 1939 en vista, nariz, boca y tacto, pero también al siglo diecinueve en oído.

«Como hemos llegado hasta aquí», se preguntó Josep Roca. Primera de las grandes dudas que poblaron la bóveda de una sala que ha sido testigo del desarrollo del Barrio de la Estación, porque antes de espacio cerrado era el nexo de unión entre Bilbaínas y el ferrocarril. Una calle. «Rioja se fijó en Burdeos por necesidad. La riqueza de Haro viene de Burdeos», aseveró en una de sus primeras alusiones a la relación entre ambas capitales y zonas vitivinícolas.

El maquinista hizo tres paradas principales. La primera, las felices añadas cálidas de 1970, 1973 y 1985. La segunda, las comprometidas añadas cálidas de 2003 y 2009. Y la tercera, las raras añadas frías, como por ejemplo 2013. Y a su palabra acompañó la expresividad de los vinos elegidos.

Aludiendo al año que causó la filoxera en el viñedo, Roca habló también de la filoxera humana para preguntarse por el momento que toca vivir. «Ningún alimento es gratuito», recordó antes de lanzar uno de sus grandes mensajes: «La tradición en el vino puede recomenzar hoy». Tradición asociada a una lucha ambiental que nos reclama «a gritos» y a la toma de decisiones que se verán reflejadas en «las copas y cepas del mañana». Apeló al trabajo con tracción animal en el viñedo para rebajar la cuota de gases emitidos a la atmósfera y a pensar en la relación entre ética y horror paisajístico. Aquí regresó a Francia, a Borgoña, donde están plantando frutales (melocotoneros), imagen conocida en Rioja ya casi desaparecida.

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El viaje con la copa en la mano arrancó con un Muga de 1970 que dijo acercarle a la «contemplación» y de enorme expresividad en nariz al que dio continuidad con otro vino caliente, con el Gran Zaco Gran Reserva 1973, que le llevó a esas vendimias de finales de octubre y principios de noviembre y que le provocaba «caricias y aceleración en la salivación» fruto de su plenitud en boca teniendo en cuenta sus 49 años. Esos años sesenta de »euforia, calidad y felicidad» en la elaboración de grandes reservas y en la exportación, permitieron a Rioja «hacer a un guiño a Burdeos», al que copió por «necesidad y oportunidad» y que supuso un punto de inflexión fundamental para Rioja. «A partir de los setenta hay un antes y un después en la mirada de Burdeos. El empaque y colorido de sus vinos no llegaba a la elegancia y sedosidad de Rioja».

Esas dos añadas fundamentales para la denominación se completaron en su análisis con la también cálida de 1985, recogida en los 750 mililitros de cada una de las botellas del Gran Reserva 904 (La Rioja Alta) que se descorcharon. Vino propio de la década con la presencia, ya, de fruta (también por la edad), la viveza de su tanino y, en consecuencia el cuerpo. «Representa la calidad de un vino añejo, pletórico», resumió.

Calidez que completó con dos añadas que se amparan en otro punto de inflexión para Rioja: el cambio climático que transformó conceptos, previsiones y formas de trabajo tanto en el viñedo como en bodega. Punto de análisis profundo al que Rioja parece enfrentarse de nuevo dos décadas después debido a la brutal alza de temperaturas que cuestionan la vitivinicultura llevada a cabo en los últimos años. Más joven en el tiempo, pero anterior en cata, Imperial Gran Reserva 2009 (Cune) abrió esa puerta a nuevos caminos en el día a día. 2009 fue un año seco y muy caluroso. Otras vías para llegar, si se quiere, al mismo destino. «Las modas pasan, el estilo permanece», calificó. Pensamiento que le abrió otra puerta, la del terroir. «El vino es una bebida de 500 gestos en el que el concepto de terroir se puede modificar y adaptar a la conveniencia de los intereses», sentenció dando respuesta a su propia pregunta acerca de si se puede alterar uno de los puntales sobre los que se asientan los grandes vinos.

Su reflexión le llevó a Roda I, añada 2003, que hizo saltar las alarmas, la que modificó pensamientos. «Le pregunté a Agustín Santolaya (Roda) cuánto tiempo había necesitado para darse cuenta de que era la añada del cambio. Y me respondió que en 1998», desveló Roca. Y es que la última bodega en llegar al Barrio de la Estación presente en la cata siempre ha jugado magistralmente con la ambigüedad de la tesis de modernidad dentro de la tradición y de tradición en una visión moderna de sus vinos. «Su idea se mantiene inalterable desde el inicio», alabó para definir a una casa que calificó de «intrusa» en un barrio donde todo es «historia».

Ese cambio climático, esas elaboraciones frutos de años cálidos que afectan al ciclo del viñedo, llevó al sumiller a la realidad que la escasez de agua, de años secos. Apeló a buscar altitud en los nuevos viñedos y también a jugar con la orografía, lo que enlaza con la atención al paisaje. En aquella Rioja en blanco y negro los viñedos estaban en laderas de difícil manejo en la que el ganado y el hombre eran las únicas herramientas. Plantaciones en escaleras, perpendiculares a la ladera, que no llegaban a jugar científicamente con el agua, pero que recuerdan a lo que ahora conocemos, no mucho, con la Keyline. Hilos de cepas curvos que buscan exprimir los recursos hídricos en el subsuelo. «Aprovechar el agua y devolver al suelo profundidad y fertilidad», resumió.

Y del calor al frío. La añada 2013 personificada en Pancrudo, una garnacha cálida y elegante con la que mitigar las temperaturas más bajas de aquel ejercicio que, a diferencia de los anteriores, que miraban a Burdeos, ésta fija la vista en algunos borgoñas. «Debemos ir a los límites, buscar los extremos e ir hacia las alturas», apuntó para reforzar su idea de viñedos en altura que buscan frescura, elegancia y respeto al suelo, que también se puede modificar. Y combatir el cambio climático.

El viaje aún guardaba dos paradas. La primera, en un Viñedo Singular, Viña Pomal Graciano 2019, muy diferentes a los anteriores y que permitió a Roca a seguir profundizando en el paisaje y el terroir y que se pudo apreciar en su infancia, expresada en su mosto, en su niñez. Porque si el vino es relato, terroir, paisaje… el mosto es inocencia. «Cada vez que piensas que inventas algo, ya existe», sentenció.

Enfilando el maquinista del tren hacia la vieja estación jarrera, rompió en lágrimas. Una lágrima de Corona 1939, de Cune, pero qué lágrima. Vino cargado de simbolismo que supuso el inicio de un nuevo tiempo. Esas uvas se vendimiaron meses después de que acabase la guerra civil española por mujeres en noviembre de aquel año, pues los hombres estaban cortando variedades tintas. Y sus botellas permanecieron perdidas dentro de la bodega hasta los setenta, esa década del cambio en la mirada. «El fin de la crueldad», apuntó Roca reforzando el mensaje con el silencio de la sala roto exclusivamente por la seducción de su tono de voz y el canto de la Escolanía de Montserrat. «Un homenaje hacia la mirada del futuro, hacia la feminidad y hacia la sensibilidad», dijo. Fin de trayecto.