Ocho jóvenes viticultores y un mismo destino: San Vicente de la Sonsierra

Janire Moraza, con toda la familia en uno de sus viñedos. :: L. R./
Janire Moraza, con toda la familia en uno de sus viñedos. :: L. R.

Con viñedos limítrofes, renque con renque incluso en casos, cada viticultor impregna sus propias ideas para un resultado de lo más diverso

Alberto Gil
ALBERTO GILLogroño

No es la primera vez, ni será la última, que el cronista utiliza la frase de Miguel Ángel de Gregorio (Finca Allende, Briones) de que «Rioja es la tierra de los mil vinos», pero es que se queda corta. San Vicente es capaz por sí mismo de producir mil vinos diferentes en el propio municipio y el ejemplo está en estos ocho viticultores que cultivan en varios casos parcelas colindantes, pero que cada uno tiene su propia forma de entender el vino y el viñedo con resultados de lo más diverso. Con historias personales también muy diferentes, estos son los perfiles de estas pequeñas pero más que interesantes bodegas.

Miguel Eguíluz | Hdad. San Andrés/Cupani El secreto, la clave, está en la viticultura

Miguel Eguíluz, junto a su hermano y su padre, elaboran con marca propia desde el 2001 con la denominación 'Cupani' como identidad. Tienen una gama de vinos con gran carga frutal consecuencia del mimo en el cultivo y con maderas finas para largas guardas: «Hace referencia al nombre histórico del tempranillo», apunta Miguel. «Lo que teníamos claro es que con la 'guerra' de precios debíamos seleccionar lo mejor de nuestros viñedos e intentar vender en otro segmento porque no es posible competir con los 'grandes'». Enrique, padre de Miguel, se salió de la cooperativa en 1998 con la idea de rebajar rendimientos y cambiar la viticultura: «En 1992 dejó de echar herbicidas y químicos; al aparecer hierba, los vecinos le ponían mala cara..., ahora se ven cubiertas en muchos viñedos», recuerda Miguel.

Pedro Peciña | El Vino Pródigo Una historia de ida y vuelta para acabar en San Vicente

La de Pedro es una continúa historia de ida y vuelta. Hijo de bodeguero, estudió Enología y se fue a trabajar a Estados Unidos. Regresó a la bodega familiar, pero acabó montándose por su cuenta con un pequeño viñedo heredado de su madre -La Viña de la Merce, que es además su vino principal y más conocido-. De la nada, ha conseguido levantar un proyecto personal (acaba de comprar un terreno en San Vicente para edificar bodega). El nombre de su proyecto: El Vino Pródigo, que lo dice todo.

Alberto Ruiz de Oña | Valdeloyo El reto de elaborar graneles a hacerlo con marca propia

El padre de Alberto y José Ruiz de Oña construyó en 1995 Bodegas Valdeloyo para elaborar sus propios vinos, graneles que vendía a otras bodegas, hasta que en el 2003 sacaron su primer vino con etiqueta propia, un extraordinario maceración carbónica, y en el 2005 su primer crianza. Los hijos de Tasio cultivan los viñedos, 24 hectáreas, y han añadido un singular varietal de maturana tinta y un parcelario en proyecto para seguir avanzando: «Elaboramos 90.000 botellas y vamos creciendo poco a poco; el objetivo es comercializar con marca propia las 150.000 para las que tenemos capacidad en la bodega».

Janire Moraza | Bodegas Moraza Al margen de la crítica y la presión mediática

Jesús Senén y Víctor fueron de los primeros cosecheros en embotellar con marca propia en San Vicente. Hoy sus hijos, Janire y su marido Patricio, e Ismael, mantienen aquel espíritu original de los vinos frescos de trago largo, elaborados en depósitos de hormigón y que no pasan por madera salvo circunstancias muy excepcionales: «Nos gustan los vinos frescos, de grado alcohólico moderado, con cierta acidez, que son los que tenemos en la memoria», explica Janire. La familia Moraza cultiva 23 hectáreas de viñedo, que han catalogado en 16 parcelas en función de suelos, altitudes, clima y variedades, y son pioneros en la agricultura ecológica en la comarca.

José Gil | Bodegas Olmaza Los vinos de la familia y su propio colección

Hijo y sobrino de agricultores y jornaleros, de los hermanos Gil Varela, José trabaja todos los días en las 40 hectáreas de viñedo de la propiedad familiar. Estudió enología y elabora los vinos de Bodegas Olmaza. Hace un par de años, en una cueva del Castillo, comenzó a experimentar con viñedos seleccionados y con sus propias ideas, que se han traducido en una gama propia. José Gil Vigneron es una colección de tres vinos, uno de pueblo, que reúne uvas de varias parcelas, y dos espectaculares vinos de finca, con la frescura como protagonista y una concepción muy borgoñona.

Eduardo Eguren Dejarlo todo para comenzar de cero

Hijo de uno de los grandes enólogos y viticultores del país (Marcos), Eduardo Eguren lo tenía sencillo para continuar en el grupo familiar Viñedos Sierra Cantabria. Formado en todo el mundo, puso en marcha el equipo técnico de Teso de la Monja en Toro, pero hace unos meses decidió parar: «Quería empezar de cero y hacer las cosas a mi modo». Elabora de alquiler sus primeros vinos de la cosecha 2018, procedente de tres pequeñas parcelas de San Vicente que cultiva a renta y propiedad de su madre, a la que paga una renta. Eduardo va a por todas, al mercado del vino 'top', pero habrá que esperar aún un tiempo para que salga al mercado su primera etiqueta.

J. Luis Ruiz, 'Itu', | Teodoro Ruiz Monge La elaboración más tradicional en el siglo XXI

José Luis Ruiz, 'Itu', trabaja en una bodega más que centenaria, en un pequeño calado de 1877, que también es la casa de Teodoro e Isabel, sus padres, en el centro de San Vicente. Teodoro fue el primer cosechero (en 1973) que embotelló con marca propia y en la actualidad la familia sigue elaborando en los viejos lagos de hormigón del calado. Ahora bien, Itu, le está dando una vuelta de tuerca sin perder las raíces, siempre con la maceración carbónica (uva entera) en todas sus elaboraciones pero con vinos parcelarios y alguna experimentación varietal más allá del tempranillo. Artesanía pura.

Pedro Balda | Majuelo de la Nava Innovación y conocimiento embotellados

Confiesa este doctor en Viticultura que si está en esto es por Abel Mendoza, a quien visitó cuando se planteó pedirle una pequeña parcela a su padre para cultivar a su modo. Trabajó en Australia y Nueva Zelanda y de allí trajo el reto de elaborar sin sulfitos cuando los vinos naturales apenas se conocían en Europa. Majuelo de la Nava es su pequeño viñedo, poco más de media hectárea, de donde obtiene dos vinos totalmente diferentes y de las mismas cepas: uno con los racimos más sueltos y otro con los más compactos. El gran sumiller Pitu Roca se fijó en él y le abrió las puertas a las escasísimas botellas de Pedro Balda en los mejores restaurantes de todo el mundo. El viticultor, que trabaja también el departamento de investigación del grupo Vintae, lo tiene claro: «Mi modelo es el de Abel, el del 'vigneron'; crear una 'empresa' y perder el control de lo que haces no es una opción que me plantee para el futuro».