L. R.

Roda se asienta en la zona más fría de Rioja: los Obarenes

La bodega mueve ficha contra el cambio climático con una nueva plantación regenerativa de diez hectáreas en Cellorigo

Alberto Gil
ALBERTO GIL Logroño

Mario Rotllant, propietario de Bodegas Roda (Haro), confiesa que barajó varias opciones hace tres décadas antes de construir la bodega del barrio de la Estación de Haro. Invertir en Cava, comprar una bodega histórica de Rioja..., pero, finalmente, decidió crear un proyecto desde cero pensando en el largo plazo y trasladando el concepto de excelencia a la elaboración de vinos. Así nació Roda, una bodega que trasciende generaciones y que lleva dos décadas trabajando en la adaptación contra el cambio climático.

Rotllant, acompañado de Agustín Santolaya, gerente, y de Isidro Palacios, director de viticultura, así como del resto del potente equipo técnico de la bodega, presentó el lunes una nueva plantación de diez hectáreas en Cellorigo, al abrigo de los montes Obarenes, la zona más fría de Rioja, con la que pretende hacer frente al calentamiento global con un sistema de plantación originario de Australia (amenazada desde hace décadas por la desertización) y muy novedoso tanto en España como en Europa, denominado 'key line'. La principal misión de esta técnica es regenerar los suelos castigados por la agricultura intensiva y gestionar las aguas de escorrentía aprovechando al máximo este recurso natural: «Básicamente, buscamos con viñedo ecológico, cubiertas vegetales y, sobre todo, con una gestión inteligente de la plantación que el agua se distribuya de forma uniforme, tanto en las vaguadas como en las lomas, y ello es posible gracias a las curvas de nivel ('key land'), que retienen el agua que normalmente se perdería en escorrentía y la distribuyen de forma uniforme por toda la finca», explica María Santolaya.

Una aplicación práctica matemática, de milimétrica precisión en la plantación y distancia entre renques y plantas hecha realidad por GPS y que, a la vista, deja una espectacular imagen de un viñedo hincado en curvas semicirculares en un sentido y en otro, que Roda presentó en un vuelo en globo sobre los Obarenes al amanecer el pasado lunes con la empresa Arcoiris.

Vista área de la plantación, con las peñas de Cellorigo al fondo a la izquierda. Abajo, María Santolaya, Isidro Palacios, Esperanza Tomás, Agustín Santolaya, Lidia Martínez. Carlos Díez y Mario Rotllant, en el viñedo. / L.R.

La apuesta de Roda no es una deslocalización del viñedo hacia zonas más altas, pero sí una intuición a largo plazo de que el tempranillo, de ciclo corto, necesitará el refuerzo de viticulturas más frescas y suelos regenerados con menores cargas de nitrógeno y potasio, de la misma forma que ha ido incorporando porcentajes de garnacha y de graciano (de ciclo mas largo) a sus vinos: «Sabemos que en la zona, la Obarenia, históricamente ha habido viñedo, ya que es una región de defensa, con muchos castillos, monasterios y presencia clerical, pero en la finca, 'El llano de la cuesta de la cruz', no tenemos todavía constancia documental», explica Agustín Santolaya. Lo que adquirió Roda hace dos años son diez hectáreas de cereal que ahora ha reconvertido a viñedo en vaso y con el que no descarta abrir una nueva etapa en la elaboración de vinos: «Roda se ha caracterizado por no utilizar para sus vinos las cepas de menos de 30 años, pero quien sabe si en el futuro obtendremos de aquí vinos de viñedos que con diez años nos ofrezcan resultados como si tuvieran cuarenta».

El arca de Noé

Y es que la nueva plantación, más allá de la aplicación de la técnica 'key land', es el fruto del, probablemente, mayor trabajo de investigación de Bodegas Roda: la selección de material genético de viejos viñedos disperso por toda la DOCa y que la bodega replantó para evitar la erosión genética. «Todo lo que se hincaba en Rioja en los años 90 eran cuatro clones de tempranillo muy productivos con los que trabajaban los viveros, mientras se arrancaban sin remedio las viñas viejas, así que decidimos hacer una especie de 'arca de Noé' tras un rastreo de toda la región buscando esas viejas plantas de tempranillo hasta reunir 550 tipos diferentes», recuerda Mario Rotllant.

Roda los agrupó por familias en función de la producción, tamaño de las bayas, grado, acidez, pH... y de ahí nació la familia 107 –comercializada y a disposición de otras bodegas y viticultores–, con los clones que la bodega considera más aptos para la viticultura de calidad y originarios de viejos viñedos: una especie de máquina del tiempo para el material genético. La bodega ha plantado la familia 107 en Cellorigo, pero también otras que considera que se adaptarán a este nuevo 'terroir', aunque para comprobarlo en los vinos habrá que esperar: «Por muchas prisas que tengas, la viña siempre te pone en su sitio y este no es un negocio a corto plazo», insiste Agustín Santolaya.