La viticultora, en su pequeña bodega de Navarrete. / J. RODRÍGUEZ

Vino de Rioja El sueño de una todoterreno

Elena Corzana recupera una vieja cochera familiar de Navarrete para elaborar vinos, con la maturana tinta como protagonista y una primera incursión en el graciano

Alberto Gil
ALBERTO GIL Logroño

La de Elena Corzana es una más de estas pequeñas bodegas silenciosas que, afortunadamente, siguen floreciendo en Rioja, de esas en las que los vinos no solo reflejan el terruño, sino el carácter de sus propios autores. En el caso de la viticultora de Navarrete: una amplia sonrisa y una tranquilidad y sosiego que encontrará en sus vinos.

Elena Corzana es una todoterreno. Ingeniera agrícola, enóloga, sumiller, viticultura..., y desde hace tres vendimias bodeguera. Después de vendimiar en buena parte del planeta vitivinícola (Montpellier, Nueva Zelanda, Australia, Sudáfrica o Chile), la viticultora ha vuelto a sus raíces: a Navarrete, a la maturana tinta y a la rehabilitación de una pequeña cochera, donde su abuelo mataba los cerdos hace décadas para la despensa familiar, y donde ahora su nieta elabora, por el momento, Elena Corzana Maturana Tinta y Elena Corzana Graciano.

Comercializa apenas dos miles de botellas, en un pequeño proyecto que intenta cuadrar el círculo: con la maturana tinta de Navarrete como protagonista –del viñedo del que se recuperó en los años 90 el sarmiento de esta variedad descatalogada y perdida por la erosión genética–, con el ánfora de barro –en el pueblo de mayor tradición alfarera de la región– como actriz secundaria, y con la colaboración de sus amigos Natalia Tubía y José Uriszar, como autores de las etiquetas: un reloj de sol para la hija del relojero de Navarrete.

«Me gustaría colaborar en recolocar a Navarrete, mi pueblo, en el mapa vitivinícola y la maturana es una oportundidad»

Navarrete es cruce de caminos, una de las paradas más destacadas del Camino de Santiago, pero también del Ignaciano –del recorrido que realizó San Ignacio desde Loyola hasta Manresa como primera etapa de su viaje a Tierra Santa– y, en su día igualmente, fue un importante pueblo vitícola, sede además de bodegas centenarias como Corral: «Me gustaría colaborar en volver a colocar mi pueblo en el mapa vitivinícola, del que, por diversas circunstancias, se fue diluyendo y creo que la maturana tinta de Navarrete es una buena oportunidad, ya que tenemos buenos suelos, un microclima fresco y, quizás lo que nos falta es mirar más hacia el origen y la identidad de nuestros viñedos».

El aterrizaje en el mercado, con su Elena Corzana Maturana Tinta 2019 ha sido espectacular. Un vino fino, delicado, redondo y muy, muy, fresco, que aporta otra versión sobre otras maturanas de Rioja: «Las primeras vinificaciones las hice con crianza en madera, en barricas de roble, y quizás me salió más convencional, así que decidí apostar por ánforas de barro, que no interfieren en el carácter varietal de la uva ni maquillan absolutamente nada y son ideales para mantener la frescura, el carácter primario y para redondear el vino». Lo mejor es que la añada 20, también en ánfora y que en breve saldrá al mercado, supera a su predecesora.

«Lo que está pasando ahora en Rioja, con la extraordinaria diversidad de vinos que hay, es muy interesante»

Navarrete es también una localidad alfarera, aunque la industria y la artesanía del barro casi han desaparecido: «Las ánforas las compro en Italia porque, como sucede con las barricas, cada fabricante es un mundo, pero ojalá que el trabajo con estos materiales, que no tienen nada de nuevo sino que son ancestrales en la elaboración de vino, sirvan para revitalizar poco a poco también esta tradición».

De momento, Elena Corzana no ha hecho más que comenzar: «Empecé con la maturana de los viñedos familiares y en la vendimia de 2020 hice mi primera prueba con el graciano, de una pequeña finca de unos amigos de la Sonsierra, entre San Vicente y Labastida». «La verdad es que el vino me ha sorprendido –continúa– y voy a sacarlo ya porque se ha pulido y evolucionado de maravilla». La viticultora trabaja con el ánfora esta variedad, como la maturana, pero también con la barrica: «No hay 'recetas' preconcebidas, con la tinaja consigo que el vino se abra más rápidamente y la madera me aporta largura en boca y longevidad». «No paramos de aprender –continúa– y me alucina cómo cambian los vinos; para mí, lo que está pasando ahora mismo en Rioja es muy interesante, con una extraordinaria diversidad de vinos, por las variedades que tenemos, los suelos, las zonas, el talento, el conocimiento y los estilos de cada uno, especialmente de las nuevas generaciones que están apostando por hacer sus propios vinos a su modo». En el futuro, Elena no descarta nada: «Por qué no algún vino clásico de largo envejecimiento...». «Estoy abierta a todo; de momento he empezado con la maturana, porque me gusta y está vinculada a mi pueblo, pero me atrae la mezcla varietal y, de hecho, estoy preparando una nueva plantación con varias variedades, tintas y blancas, como se hacía antaño».